domingo, 27 de abril de 2008

¿Utopía?

Imagínense un banco que busque conceder préstamos a aquellos que no tengan ni medio metro cuadrado de cochino terruño en el que caerse muertos.
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Imagínense que para hacer entrega del dinero, ese banco no exija ni pólizas de seguro, ni prendas, ni avales, ni garantes, ni siquiera un documento escrito, firmado y extendido por triplicado. Imagínense que a ese banco le baste con el compromiso personal y la palabra dada, un pacto basado exclusivamente en la confianza.

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Imagínense que el prestatario se vuelva moroso y que el banco no le reclame, ni acuse, ni demande. Que de la falta de pago no se infiera la mala fe del moroso, sino simple y llanamente que todavía no puede devolver el dinero prestado.

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Imagínense que ese mismo prestatario venga a caer en desgracia y morirse. Imagínense que el banco dec
ida entonces condonar su deuda, para que sus descendientes no se vean doblemente agraviados por su pérdida.
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Imagínense que lo único que este banco pida a sus clientes es beber agua de pozos sanos o hervirla antes de tomarla, cultivar vegetales todo el año, votar en las elecciones y enviar a sus hijos a la escuela. Imagínense que el banco insista en pagarles estudios universitarios, sin pedirles que devuelvan un solo centavo hasta empezar a trabajar.

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Imagínense que a un profesor de economía se le haya ocurrido crear un banco semejante. Probablemente, pensarán que es un chiflado, un soñador, un idealista utópico.

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Sin embargo, este banco existe. Es el “Grameen Bank”, también conocido como el “Banco del Pueblo" o "Banco de los Pobres”. Creado en 1983, su sostenibilidad ha quedado ampliamente demostrada por sus transparentes informes anuales. Su más reciente estado de cuentas nos muestra que el año 2006 se cerró con un beneficio neto de 1.398.155.030 rupias (22.432.376,81 euros).
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El banco nació en Bangladesh, gracias a la creatividad, conocimiento y sensibilidad social de un economista visionario, Muhammad Yunus.
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Su misión es la erradicación definitiva de la pobreza en el mundo y, por este noble empeño, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en el 2006.
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Todo empezó en 1974, cuando una hambruna asoló Bangladesh. Por aquel entonces, Yunus desempeñaba una cátedra en el Departamento de Economía de la Universidad de Chittagong y convivía con los habitantes de Jobra, una aldea cercana a la universidad. Allí observó como unos pocos prestamistas hacían negocio con intereses de usura, obligando a la población a vivir en un estado de semi-esclavitud.
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Mandó realizar un estudio sobre esta situación. Uno de sus estudiantes le entregó un informe con un resultado impactante: 42 personas vivían bajo el yugo de estos usureros, por una deuda total de… ¡27 dólares!
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Era una realidad tan aberrante que Yunus decidió poner ese dinero de su propio bolsillo. Los beneficiarios de este pequeño gesto manifestaron tal emoción y gratitud que sirvieron de inspiración para dar el siguiente paso: tratar de convencer al director del banco del campus universitario para conceder crédito a los más pobres.
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Ése fue el comienzo de una larga cadena de conversaciones, en las que invariablemente Yunus no era tomado en serio. Para convencer a los directivos banqueros de que los pobres cumplirían con sus deudas, se ofreció como aval. Seis meses más tarde, el bancó aceptó su propuesta con un límite de 300 dólares.
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Para sorpresa de todos, salvo Yunus, éste logró recuperar hasta el último céntimo. Se amplió el préstamo a otra aldea más, luego a otra, y a otra, y a otra… y el dinero volvía siempre.
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Por fin, Yunus decidió montar su propio banco. El Estado puso el grito en el cielo, pero Yunus se mostró inflexible: así nació el Grameen Bank en 1983.
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El funcionamiento de este banco es totalmente atípico. La única condición para pedir un crédito es ser pobre. Otra de sus particularidades es que se presta preferentemente a mujeres, una tendencia que viene siendo norma para la gestión de recursos aportados por las mayores ONG.
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Hoy en día, el 96% de los créditos del Grameen Bank son concedidos a mujeres. El propio Yunus explica las razones de esta “discriminación al revés”:
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“Cuando una mujer toma el primer préstamo suele ser una cantidad pequeña, porque tiene mucho miedo. Antes de aceptar el dinero pasa muchas noches sin dormir. Cuando se le da el dinero está temblando, no puede creer que nadie confíe tanto en ella. Muchas veces las lágrimas resbalan por sus mejillas. La mujer se promete que hará lo que sea para garantizar esa confianza y trabaja duramente para pagar el préstamo. Así que cuando un año después lo devuelve todo, la mujer mira al mundo y ve que puede conquistarlo, que ha conseguido lo que le dijeron que jamás podría hacer. Así que el Grameen Bank no es sólo dinero, sino que el dinero es un instrumento para una relación de confianza. Porque el Grameen Bank tiene que ver con una transformación y con descubrir lo que uno es. Si esto se multiplica por 2,4 millones de familias, tendremos una idea de lo que es el Grameen Bank”.

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La fórmula de este banco ha sido exportada a más de sesenta países de Asia, África, Europa y América. Dentro de este último continente, el Banco de los Pobres está también presente en Colombia, donde trabaja con la fundación Arcángeles mediante la concesión de microcréditos para la generación de autoempleo.
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Pero de esto, mejor os cuento otro día :o)

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(Escrito en Bogotá, Colombia, el 27/04/2008)

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domingo, 20 de abril de 2008

Llamamiento Solidario

Hace tres años conocí a Nilton, un peruano valiente, que me llamó la atención por su simpatía y su carácter servicial. Hace cosa de un año, Pisco, la ciudad de Nilton, quedó totalmente destrozada por una serie de terremotos. La casa de mi amigo, al igual que sus proyectos y sueños más cercanos, también fueron arrasados por la catástrofe. Desde entonces, Nilton está tratando de reconstruir su hogar. Para ello, necesita nuestro apoyo. Él me ha pedido que le ayude difundiendo el siguiente informe, que él mismo ha escrito y en el que narra en primera persona su vivencia del terremoto y del subsiguiente caos que aún perdura en su vida.

Al informe acompaña una petición de solidaridad. Podéis ayudar a Nilton pasando este mensaje a vuestro círculo de amigos y familiares, y/o contribuyendo directamente a financiar la reconstrucción de su hogar (las donaciones deben hacerse al número de cuenta especificado a pie de página). En nombre de Nilton, muchas gracias por adelantado.

AN EARTHQUAKE OF 7.9 HIT THE CITY OF PISCO PERU ON AUGUST 15, 2007 AT 6:41PM. 680 PEOPLE DIED THAT NIGHT, OVER WERE 1,550 INJURED, AND 70% OF THE CITY WAS DESTROYED.


Hello, my name is Nilton Orlando La Rosa Ramos. I’m from Pisco-Peru, I’m 20 years old and this is my story.


BEFORE THE EARTHQUAKE

First, I want to wish to everyone who reads this story the best life, a life in peace and full of happiness. I also want to tell you that you should appreciate every little thing in this life, because your life can change in just few seconds.

In December 2006 I finished high school. After high school I went on a trip to Bolivia, Argentina and Chile from January 1st to March 30. That was the longest trip I have ever been on in my life. It was so good and I learned so much. After finishing my trip, I decided I wanted to study, and in June I started classes in Cesar Vallejos College in Pisco. This college wasn’t cheap. I had to pay 350 soles ($117) each month, but I was very happy because my job as a tour guide was giving me enough money to support everything. Well, my studies weren’t all, because my younger brother and I were also supporting my 3 little brothers and my mom. Don’t ask about my father, I prefer to not talk about him. Of course it wasn’t easy for me to support all this, but I had dreams and I wanted to see my little brother happy, healthy and with a good education. In that time the tourism was very good and the company I was working for was successful. I was also very happy because I liked what I was studying (Microcomputer Operation). It was fun and my grades were the best in the class.

THE EARTHQUAKE: AUGUST 15, 2007

On the 15th of August at 7:30am, I had to guide a tour group to the Ballestas Islands and Paracas National Reserve. After the tour, I met with some other tourists who were asking me about a good place to surf. I love surfing, and took them to a beach called Cerro Azul, about 1 hour 30 minues north of my home town, Pisco. We arrived at the beach around 3:00pm, did some surfing, had a good time, and around 5:30pm we went back to the hostel. One of the girls needed to catch a night bus to Lima because she had a flight leaving Lima early the next morning. I took the three girls out to the highway to help them catch a bus.

It was getting dark already. All the buses were full and we waited on the highway for 30 minutes. A big truck drove by and the earth started trembling. In the first moment I didn’t notice it. One of the girls told me that the earth was trembling, but I just thought that it was because of the passing truck. Then the earth started trembling more and even stronger and then I knew that it was an earthquake. In total there were three consecutive earthquakes, each one lasting about 35-40 seconds. During the first one I was just calming the girls down, because they were so scared and nervous. The first quake stopped for about 4 seconds, and then the second one started. This one really scared me too, because it was very strong. It was so strong that I started thinking about my mother, my little brothers, and my home. I remember that one of the girls I was with tried to run away. I still don’t know where she wanted to go, but we didn’t let her and we hugged her stronger.

The light of the city was cut, and this made everything even more terrifying, because we couldn’t see anything. All I could do was hear; people from the city screaming, houses falling down, dogs barking, it sounded like Hell. All I could do in this moment was to try to make the girls calm down, but they never stopped screaming. The earthquake stopped for 3 seconds, and then the third one started and was even stronger. That was when I lost control, I was screaming, asking to God to stop all this fury of nature, and to take care of my family. My body just didn’t stop shaking, I was crying so much, screaming, stop!!! please stop!!! , my family!!! O God no, my family!!! the girls were hugging me because I was so scared.

All I could think about was my family. I just couldn’t have peace, I couldn’t calm my self down. I knew that my house structure wasn’t good. It was an old structure, and I knew that it wouldn’t stand through the earthquake and would fall on anybody who was inside. I tried to reach my mother on the phone, but there was no signal. Nobody could communicate with anyone. I had to leave the girls to go look for my family. They asked me what should they do, and I told them to wait until the morning and take the first bus to Lima. I started walking back to the highway. I was scared, and all I wanted was to find my family.

I caught a bus to Pisco, but after 45 minutes my bus stopped in a town 35 km away from Pisco and wouldn’t go on. The problem was that no one could keep going because a bridge near Pisco had collapsed. They also said that it was very dangerous because 178 dangerous prisoners has escaped from the jail between Pisco and Chincha, so the people were scared even to walk. I didn’t want to wait until the next day because I really needed to see my family, to be there to help them and take care of them. Luckily I found a taxi taking people to the bridge. The bridge looked very bad, but we were able to walk across. I walked with a group of people for about 2 hours, and I finally arrived in Pisco. I couldn’t see much, because everything was dark and there was almost nobody in the city.

As I approached my house, I was getting very nervous and sad. All of the houses of my neighbors were destroyed. When I finally arrived at my house, it was hard to recognize. I couldn’t stop crying. I was looking for my family in the rubble when a man came up to me and told me to calm down, and that my family was fine, they just ran up to the high land because they were scared of a tsunami. I thanked him for the information but I wondered why he didn’t run up to the high land also. He said, Are you crazy? Do you think that I would go and leave the little that I have left? Later I went to look for my father who lived a few blocks away. He and his girlfriend were there, and my grandparents also. I asked him if he knew where my mom, Mirtha and my brothers Abran, Yomira, Jefferson, Ademir, Gino, Carlos and Laura were. He didn’t know exactly where they were, but he knew that they were fine. I went back to my house with the intention of taking care of the things that were left. I remember that night I slept on the street with some other people who were doing the same thing.

SURVIVING AFTER THE EARTHQUAKE

The next day I woke at 5:00am, and walked to see the destruction throughout the city. I finally found my younger brother and was so happy to see him that I started crying and so did he. I hugged him so much. We went together to the place where my mom and the rest of my brothers were and we brought them back to the city. My mom couldn’t believe that everything was destroyed, so she was walking and crying at the same time. Well, she wasn’t the only one, because almost everybody was crying. We arrived to our destroyed house and started looking for the things that were still good but we didn’t find much. All the expensive things, like the TV, computer, and beds were destroyed.

That day we forgot about eating and everything; we were focused on finding a place to sleep, and looking for water and food for the days to come. Luckily help was arriving. I remember that the Red Cross was there bringing provisions, water, and medicine for the people. It was very hard for them to calm the people down and make order, everybody was crazy for water and food. That day they didn’t finish giving all the provisions, because it was just impossible to do it. Later a car from the government was driving around the city telling the people to go to refuge in the stadium of Pisco, because all the help would arrive there. I took my mom and brothers to the stadium, and an organization took our names and gave us water, some food, some tents and some clothes. In total there were 187 families in that stadium, each family consisting of 5 to 6 persons. The night arrived and everything was dark and silent. I was close to falling to sleep when another very strong earthquake of 5.4 hit Pisco. The people turned crazy again, everybody was crying and scared. Luckily, my little brothers always listen to me and believe all of what I say, so I was able to calm them down. That night 3 more earthquakes hit Pisco.

The next day we went to my house and we started cleaning up our land, taking the rubble out. We were one of the first to get our land clean. We continued sleeping at the stadium, and I remember that in some of the nights, some stupid people were coming very late screaming, the sea is coming!!! the sea is coming!!! The whole thing was a lie, a torment, and making the people go crazy. The police were stopping the scared people and informing them that these people were trying to scare them away just to have a chance to steal their belongings. The people were so scared of everything at this point, that they believed anything they heard. A week later the city was being cleaned up, a lot of trucks and tractors were picking up the rubble, demolishing buildings, and the dogs were still finding bodies in the rubble. The city was so dusty and my mom was scared of the outbreak of an epidemic so she decided to take all the kids to my aunt’s house in Lima. I stayed in Pisco because I wanted my mother’s house to be registered in the Reconstruction List. I lived with my uncle’s family in the stadium where we were supported by a help organization. In total there were 6 refugee centers in Pisco, all of them were full.

RECOVERING: REBUILDING A HOUSE AND REBUILDING LIVES

Three weeks later my mom and brothers returned to Pisco, the city was cleaner but the machines were still working day and night. We definitely couldn’t live in tents anymore, so we start building up our house from wood. We got the wood from an old wooden building at Pisco beach that was supposed to be demolished very soon, but we did it first and got all the wood for free. The Peruvian government gave us $2,000 dollars (U.S.) for the reconstruction of our house, but that was enough only for 2 rooms with no ceiling. That money wasn’t even enough to pay the person who was building the rooms, so we had to ask him to stop because we didn’t have anymore money to pay him. So now, 7 month later, we still live in this small wooden house.

Before the earthquake I was planning and dreaming to travel more, I wanted to have my own house and live by myself, to keep studying, but now everything is very difficult. I’m focused on rebuilding my house and taking care of my little brothers. Fortunately there are tourists arriving in Pisco again, so I have been able to go back to my job as a tour guide. My brother Ademir who is always helping me, is also working hard as a tour operator and together we are building the house, very slowly, but we are doing it. I know that it will take some time for my house and my life to be rebuilt. I know that this may not possible without extra help, but I have faith that if we all work very hard together, we will do it.

My mom and little brother were sleeping in tent that is behind us and I was in another tent behind this one. Right, Yomira La Rosa, middle, Nilton La Rosa and left side Abran La Rosa.

I beg God to not let this type of natural disaster hit other parts of the world. I also want ask to every single person to stop polluting the environment, because the earth is the home for all of us and the home for our future families.


Si deseáis ayudar a la familia de Nilton con vuestro bolsillo, podéis hacer una donación a la cuenta de su novia Steffi, en Alemania. Su correo electrónico es steffi.schoenherr@hotmail.com y estos son sus datos bancarios:

Name: Steffi Schoenherr
Accountnr: 5401855808 (for germans)
Number of Bank BLZ: 50010517
IBAN: DE64500105175401855808
BIC: INGDDEFF
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miércoles, 26 de marzo de 2008

Tres bodas y un divorcio

Los que bien me conocen saben que yo no soy nada marchosa, que nunca me ha gustado salir, ni siquiera en los años revoltosos de la adolescencia, y que agonizo de aburrimiento en las fiestas y demás eventos gregarios. Dentro de esta categoría, sin ánimo de ofender a nadie, le tengo especial tirria a las bodas. A riesgo de que me acuséis de bicho raro, os diré que éstas me agobian tanto que antes prefiero los funerales, únicas ocasiones sociales en las que no procede pretender estar pasándoselo uno estupendamente.

Últimamente, el Junior y yo estamos hablando mucho de bodas. No, no os vayáis a hacer ilusiones prematuras a estas horas. No estamos aún metidos en ese ruedo, las nuestras son sólo pláticas desde la barrera de lo abstracto y conceptual.

Hace un par de días, leíamos un post sobre el despilfarro que hoy en día supone casarse: “Las bodas cuestan en España una media de 20.805 euros” (cifras de la Federación de Usuarios y Consumidores Independientes). Por lo visto, la palma del fasto se la lleva Madrid (24.115 euros), seguida de cerca por mi Comunidad Valenciana (23.759) y La Rioja (23.405).

El banquete suele ser el plato fuerte de la factura (un 50%), donde cada cubierto cuesta entre 55 y 120 euros. El traje de novia, accesorios y peinado suele ascender a más de 2.000 euros, mientras que el novio se gasta entre 500 y 1.230. El reportaje fotográfico oscila entre 900 y 1.500 euros. Detalles como las arras, alianzas, invitaciones, flores y música, cuestan entre 2.130 y 4.260 euros. La noche de bodas suma entre 100 y 250 euros, gasto al que se añade la luna de miel. El coste del viaje de novios claramente depende del destino elegido, aunque el artículo asegura que difícilmente baja de 2.500 euros por pareja.

En fin, que muchas parejas empiezan su vida matrimonial endeudados por la boda. Y ni siquiera eso es lo más triste, sino pensar que uno de cada tres de estos matrimonios acabará añadiéndole un divorcio a la minuta.

Afortunadamente, algunas parejas recurren a alternativas originales para celebrar su compromiso. Tengo un ejemplo reciente, la boda de mi amiga Sophie.
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La boda de Sophie y Bryan

Fui a cenar a su casa la semana pasada y, nada más tenderme el álbum de fotos, supe que había sido una boda especial. El álbum no era de esos que pesan una tonelada y vienen encajetados dentro de un forro de seda blanco. Era un álbum convencional, mono pero normalito, con tapas de papel maché y estampado floral. Por si no me había quedado claro, Sophie enseguida despejó cualquier duda que pudiese albergar en mi silencio: “No hicimos un reportaje profesional” – y añadió - “las fotos nos las hizo un amigo al que se le da bien la fotografía”.

La verdad es que las fotos resultaban entretenidas y poco convencionales. En una de ellas aparecía Sophie jugando al rugbi (una de las aficiones deportivas de la pareja) después de la ceremonia, vistiendo aún su traje de novia azul turquesa.

Bryan y sus cuatro hermanos, venidos de Australia

Se casaron el pasado seis de octubre, apenas cuatro meses después de la pedida, y todos los detalles se resolvieron con medios caseros. Les casó la alcaldesa del pueblo de ella, en Chalon-sur-Saône (Francia). Los invitados fueron 25, familiares de primera línea e íntimos amigos. El convite se celebró en un pequeño “château” que alquilaron para la ocasión, para que todos se pudiesen alojar en la misma casona. La cena fue preparada por los propietarios de la misma, salvo por el pastel, que fue encargado a una “pâtisserie” local. Nada de un pastel amerengado con más pisos que el “Empire State Building”, sino un clásico de chocolate negro, con un hilo de chocolate blanco para trazar los nombres de la pareja. El baile que siguió a la cena tenía más de fiestecilla en el comedor de casa, con el amigo de turno pinchando discos, que de gala nupcial con orquesta.

“La de Sophie me ha parecido una boda genial”, le dije como conclusión semifinal a mi Juni, que acababa de escuchar estoico todo lo de más arriba. Durante mi monólogo, advertí que su tez de rubillo había declinado hacia un tono más albino, pero como las leves e intermitentes contracciones y dilataciones de sus pupilas aún denotaban la existencia de algunas constantes vitales, seguí hablando.

“Pues yo, para mi boda, quisiera algo así. Vincent y Andreas, que son fotógrafos semiprofesionales se encargarían del reportaje, y tu amigo Costales se podría ocupar de la música. O, mejor aún, como estaríamos en la India, igual se podría pagar a una orquesta local que tocara la flauta, el tambor y la cítara, marcando un ambientillo “bollywoodiano”. Como traje de novia me enroscaría un sari blanco, para alianzas tendríamos ya las de mi abuela y de tu padre, el convite nos saldría tirado de precio y se podría hacer al aire libre, entre cocoteros, junto al lago de la escuela. Podríamos ofrecer los regalos como donativo a un orfanato y, para el viaje de novios, nos bastaría con cruzar el estrecho que nos separa de Sri Lanka… ¿Qué te parece?”.

Tras unos minutos de silencio, que no creo se debieran tanto a la reflexión cuanto a la necesidad de esperar a que el riego sanguíneo se redirigiese y redistribuyera desde los músculos vastos y abductores de las piernas, órganos primarios de la huída, al cerebro y epidermis, me espetó: “Pues a mí, la boda de Sophie me parece más bien cutre”.

Cualquier hombre que escuche a una mujer decir que no quiere dilapidar todo el patrimonio en su matrimonio, se pondría a aplaudir. Pero Junior es especial.

“Yo quiero casarme en la basílica de Covadonga y por todo lo alto”, me suelta.

La boda de Junior

Cierro los ojos e intento visualizarlo. La lluvia de arroz y el orvallo. El corsé que me impide respirar. Una hilera de señoras que desconozco, haciendo cola para dejarme las mejillas marcadas de carmín y taladrándome el oído con lo guapa que estoy. El local lleno de humo y los gritos de que se besen. El paseo obligatorio por las mesas, saludando y agradeciendo su presencia a tropecientos invitados, mientras intento descifrar por sus acentos de qué parte vienen, si de Asturias o de la mía. No poder sentarme a gusto en la taza del váter por los tules, las gasas y el cancán. No poder escaquearme disimuladamente de la fiesta. Y pensar que he dilapidado en el bodorrio el presupuesto de cien viajes, vendiéndole encima mi alma al diablo por casarme en una iglesia con la que llevo años sin comulgar (cualquier día de estos escribo una carta al vaticano para darme de baja y así nos dejamos ya del todo de hipocresías).

No, no, no, no, no, no, no.

No cambio de idea. Yo me pido una boda Bollywood. Quien bien me quiera, ¡venga a la India! ;o)

Mi boda bollywood


Nota para Juni: chaval, me da a mí en la nariz que me estás vacilando… eso de que quieras casarte en una basílica para la que hay, por lo menos, tres años de lista de espera y, para más inri, con toda la pompa y alto copete, pese a las penurias de nuestras cuentas, no sé yo, como que me huele a chamusquina…

(Escrito desde Dublín, Irlanda, el 26/03/2008)

lunes, 24 de marzo de 2008

Una hora en la cárcel

El pasado viernes, cuando empezaron a tronarnos las tripas y nos dimos cuenta de que la despensa estaba casi tan vacía como nuestros estómagos, optamos por saltarnos el precepto y embucharnos una ensaladita con jamón ibérico.

Después de bien comidos y mal concienciados, decidimos irnos a redimir nuestras faltas en la cárcel. No me refiero a la de reos y convictos, sino a la que hoy sirve de museo de historia colonial y mártires políticos de Irlanda, conocida como “Kilmainham Gaol”.

Siempre que viene a visitarme algún amigo a Irlanda (algo que, en los casi diez años que llevo aquí, ha debido de producirse unas seis veces a lo sumo), he incluido la cárcel como una de las mejores atracciones del programa de visitas. Tanto es así que Junior llevaba ya un tiempo molesto y quejándose de que a él no le había llevado nunca a la cárcel y de que “a todos los demás sí”. Así que no he querido irme de Irlanda sin subsanar este descuido, ¡porque mi Juni se merece ir a la cárcel como el que más!

Y es que la visita a Kilmainham Gaol me parece poco menos que obligada para todo aquél que, visitando Dublín por primera vez, se interese por la historia de esta república. Incluso os recomendaría que fuese una de las primeras visitas que realicéis en la capital de Irlanda, pues os servirá de marco idóneo para familiarizaros con las idiosincrasias del país. Así, cuando paseéis por O´Connell, Parnell, Pearse, Connolly o Heuston, esos nombres os evocarán algo más que una calle, avenida o estación.

El tour guiado, que dura aproximadamente una hora y que sólo puede escucharse en inglés, comienza con una breve presentación audiovisual en la que se recorre la historia de la cárcel desde su fundación, en 1789, hasta la actualidad, pasando por los grandes hitos que marcaron la historia de esta nación: la rebelión de 1798, la segunda gran hambruna (1845-49), la fallida insurrección de Semana Santa (1916), la guerra irlandesa de independencia (1919-21), el tratado de 1921 y su subsiguiente guerra civil (1922-23) y la proclamación de Irlanda como república independiente en 1949.

Las fotos están permitidas durante la visita de las celdas y mazmorras. El escenario de la foto aquí bajo puede que os resulte familiar por películas tales como “Michael Collins”, “En el nombre del padre” o “The Italian Job” (la primera versión, con Michael Caine, 1969).

Junior en la cárcel

El guía nos aportó abundante información sobre la vida de muchos de los presos políticos que estuvieron reclusos y, en muchos casos, ejecutados en esta cárcel. Entre estos héroes se encuentran también mujeres, cuyos nombres no han sido adjudicados a ninguna calle ni edificio, pero sin cuya bravura este país no sería el que es hoy, como Grace Gilford, la contesa Markovitch o Anne Devlin.

Ésta última fue encarcelada en Kilmainham a la edad de 23 años y torturada para obtener información sobre los insurrectos de 1798. No habló cuando se la amenazó de muerte. No habló cuando la medio ahorcaron. No habló cuando se la encerró durante tres años en un calabozo sin ventana, no más grande que la superficie de una cabina telefónica. No habló cuando se la amenazó con dejar morir a su hermana pequeña, también encarcelada, por falta de tratamiento contra la varicela. No habló cuando ésta se le murió en los brazos. Tampoco quiso hablar cuando se le ofreció una recompensa de 500 libras por sus delaciones (el equivalente del salario de 40 años de trabajo en aquélla época).

Anne fue liberada en 1806, aunque durante el resto de su existencia estaría sometida a continua vigilancia policial, condenándola a una vida de ostracismo, soledad y miseria.

Murió a la edad de 71 años, no por vejez sino por inanición. Su nombre ha sido prácticamente olvidado por la historia, sin más huella que la que quedó inscrita en su lápida. La tumba a la que se llevó sus secretos y su silencio puede visitarse en el cementerio de Glasnevin.

Nota: para más información sobre Kilmainham Gaol, no os perdáis el post de este otro blog – “Un viaje por Irlanda”

(Escrito desde Dublín, Irlanda, el 24/03/2008)

jueves, 20 de marzo de 2008

Pequeño error

Imagino el lugar en el que se cumplen nuestros deseos como una inmensa centralita apenas visible tras una maraña de cables de mil colores, operada por un funcionario alado y una cohorte de becarios.
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Cada segundo les entra una nueva entrega de cartas a los Reyes Magos, que han de procesar con máxima presteza. Despachan con presura y sin pausa: primero se registran las cartas por orden de llegada, luego se descifran las peticiones y se van haciendo montoncitos por categorías, cada montón se asigna a un grupo de operarios, cada cual más afanado en la búsqueda del cable correspondiente a cada deseo, para finalmente enchufarlo a la toma de su destinatario.
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Los ángeles nunca duermen. Tras un deseo llega otro, y otro, y otro, y otro. La cadena jamás se interrumpe, el ciclo es constante, infinito, circular, pero no perfecto. De vez en cuando, se cuela algún que otro fallo en el sistema, se cruzan un par de cables y una felicidad, que no nos correspondía, nos llega caída del cielo.

Hoy se cumplen diez años desde aquella primera cita. Hacía un par de semanas que se pasaba por la cafetería todos los mediodías. No consumía mucho. A veces me pedía un té, otras un boli, para resolver los crucigramas del periódico, otras simplemente la hora. Un día me hizo una pregunta que no pillé a la primera - aún no llevaba ni dos meses viviendo en Irlanda y mi inglés daba para muy pocos imprevistos -, así que se la hice repetir. Me estaba pidiendo mi nombre.

La semana siguiente a nuestras torpes presentaciones fue de continuo sobresalto y estado máximo de alarma. Viene, no viene, porqué no viene, es la una, ya no vendrá, qué le habrá pasado, le veo, está sentado en su mesa, me mira, no me mira, porqué no me llama, está leyendo, qué le pasa, pruebo a acercarme, qué hago, qué le digo, que no mire para arriba, que no mire para arriba… “Hi… what are you reading?” (Hola, ¿qué lees?).

“Una novela” – me enseña la portada -, “no es muy buena… ¿a qué hora terminas de trabajar?”

“A las tres”

“Yo termino a las cinco, ¿haces algo esta tarde?”

“Sí, tengo planes… pero estoy libre mañana”

Dieron las cinco de la tarde del 20 de marzo de 1998 y yo tenía un nudo en el estómago. Él me gustaba mucho, pero saltaba a la vista que era demasiado joven, así que me prometí a mí misma que no pasaría de ser flor de un solo día. Sin embargo, en el vergel de mis promesas incumplidas, aquel galán de noche me duró dos primaveras.

Fueron años felices y veloces, en los que creo gocé de un enchufe muy especial con el becario celeste de turno. Mis deseos se cumplían al instante, sin retardatarios trámites ni instancias.

En abril nos mudamos a la casa de mis sueños, con chimenea, bañera y jardín. Para más colmo, gratis. Una década atrás, su madre había abandonado la casa y a su compañero sentimental dentro de ella, para refugiarse en el amor de otro hombre. El amante despechado y alcohólico desató su furia y saña contra la pobre casa, haciendo añicos de todo lo que ella no había podido llevarse consigo.

Hasta junio estuvimos limpiando los escombros de aquél desamor, deshaciendo sus estragos. Cambiamos las moquetas desvaídas, pintamos las paredes, colgamos cortinas, llenamos el baño de velas y la cocina de plantas. Cuando ya teníamos hecho el nido, entró por la puerta una gata oronda y lustrosa, la “Gordi”, y se nos acomodó para siempre en el sofá.

Dejamos el jardín a la mano de Dios y se nos llenó de margaritas silvestres. Bautizamos aquella época de nuestras vidas como “the daisy days” (los días de margarita), con la tácita certeza de que una dicha semejante no se podría contar en años sino en días.

No sólo fui feliz sino que aprendí mucho durante mis días de margarita. Aprendí que no tiene más tiempo aquél que luce reloj más caro, que más es menos y menos más, que para viajar basta una bicicleta, que el sol sólo sale para quien sabe celebrarlo y que la casa siempre puede barrerse más tarde.

Una tarde de noviembre, el horizonte se cubrió de nubarrones negros, anuncio de borrasca. La noticia se desplomó sobre mi vida como un aluvión imprevisto. Se iba. Esta vez, con un billete de ida simple. Había llegado la hora del adiós, del no eres tú sino yo, del no te merezco y del será mejor así.

Yo me avecinaba al umbral de la trentena y necesitaba un hombre que me ofreciera seguridades y certezas. Él tenía veinte años y soñaba con recorrer el mundo, libre de ataduras y responsabilidades. Allá iba nuestra carta a los Reyes Magos. Para mí, un matrimonio feliz y con hijos. Para él, una mochila y unas botas trotamundos.

Y aquí fue cuando en la centralita celeste se produjo el cortocircuito, el chisporroteo y el cruce de cables. Quién nos ha visto y quién nos ve, diez años más tarde de aquella primera cita:

Él, casado, con una niña de dos añitos y otra, a tres semanas de nacer.

Yo, errabunda, apenas regresada de un año de viaje por Asia y Oceanía. En el bolsillo, un billete para Colombia y en la agenda, otro para la India.

La vida está llena de ironías. El fin de semana pasado fui a visitarle y vi con qué maestría una mujercita de dos años manejaba todos los hilos del rebelde indomable y con cuánto beneplácito se rendía éste.
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Fue entonces, movida por sus sonrisas, cuando decidí romper mi carta de reclamaciones.
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Nota para Gavin: por favor, sigue enviando noticias y alguna que otra foto de mi vida ex futura. Yo prometo mandar postales.

(Escrito desde Dublín, Irlanda, el 20/03/2008)

viernes, 7 de marzo de 2008

Milagros

Como muchos católicos, yo lo soy sólo de “denominación de origen” y porque así me declararon en la pila bautismal. El credo apostólico romano no ha logrado hacer mella en mi alma ni por educación, ni por vocación, ni por tradición familiar. No por ello soy menos cristiana, ni estoy menos comprometida con mi búsqueda espiritual.

Al contrario, siempre me ha interesado el tema de lo divino y a menudo me enzarzo con gusto en conversaciones teúrgicas. Mi curiosidad me ha llevado a frecuentar y partir peras con toda clase de devotos, desde numerarios del Opus Dei a protestantes anglicanos, pasando por baptistas, luteranos, testigos de Jehová, musulmanes, judíos, budistas y otros muchos profesantes de la fe.

El año pasado, gracias a mi amiga Heather Joy, se unieron a mi catálogo los “cristianos científicos”. Mi supina ignorancia me llevó a confundirlos con la Iglesia de la “Cienciología”, cuyos adscritos más famosos son Tom Cruise y John Travolta, pero Joy no tardó en sacarme del error.

La iglesia de los cristianos científicos, que hoy día cuenta con unos 400.000 seguidores, mayoritariamente repartidos en ese gigantesco crisol de confesiones y fervores que son los Estados Unidos, fue fundada en Boston, en 1879, por Mary Baker Eddy. La principal línea de pensamiento de este grupo cristiano consiste en rechazar cualquier intervención médica en sus procesos curativos. Para hacer frente a cualquier enfermedad, sus únicos aliados son la fe, la oración y la lectura de las Santas Escrituras.

El movimiento surgió a raíz de la milagrosa curación de Mary Baker que, ya desahuciada por médicos y cirujanos, desde su lecho de muerte mandó que le trajesen una Biblia. Abrió el libro al azar y sus ojos dieron con Mateo, versículo 9.2:

“Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados”.

Apenas hubo terminado de leer las palabras del apóstol, Mary se sintió con fuerzas para levantarse de la cama, empezando así su prodigiosa recuperación.

Desde ese día, se convirtió en una ferviente estudiante de la Biblia, cuya palabra llevó a otros muchos desahuciados, obrando con su fe otros tantos milagros curativos. Pronto se formó a su alrededor un corro de admiradores, que solicitaban el secreto de sus sanaciones. Mary lo dejó por escrito en su libro, “The Elements of Christian Science”, que hoy es piedra angular de su iglesia.

Tras unos momentos de ponderado silencio, me atreví a preguntarle a Joy: “Entonces, eso quiere decir que si tus padres se ponen enfermos… ¿no se dejarán ver por ningún médico? ¿No irán a un hospital?”
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“No, de ninguna de las maneras. Incluso han firmado un documento legal para impedirnos a sus hijos que les llevemos a un hospital si algún día perdiesen el juicio o tuviesen que depender de nuestra voluntad”.
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No voy a pretender que tan decimonónica determinación no se me hiciese en su día disparatada, aunque su postura me resulte hoy algo menos chiflada.

Si uno piensa en lo que era la medicina del siglo XIX, no es de extrañar que los enfermos terminales entonces tuviesen mayores esperanzas de restablecimiento fuera que dentro de los dispensarios. En su lealtad al juramento hipocrático, los médicos de la época no dudaban en prescribir tratamientos que ellos mismos calificaban de “heroicos”. En el campo de la psiquiatría, el tratamiento principal de la histeria era la “electroterapia”, a menudo infligiendo quemaduras, mareos o defecaciones a sus pacientes.
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Otras curas consistían en impedir la respiración del enfermo, golpearlo con toallas mojadas, someterle a duchas de agua fría, insertarle tubos por el recto, aplicarle hierros calientes en la columna vertebral, practicar ovariotomías y cauterizaciones del clítoris (aunque con menor frecuencia, éstas también se aplicaban a los genitales masculinos).
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Visto así, yo tampoco dudaría en convertirme al cristianismo científico.

Quiero resaltar que la información antedicha (cuya fuente es la sexta edición del manual de “Historia de la Psicología” de Thomas H. Leahey) no era práctica exclusiva de matasanos y curanderillos. El ilustre y respetado Sigmund Freud también hizo gala de cierta “heroicidad” en su praxis.

Este párrafo, tomado igualmente del Leahey, nos cuenta uno de sus famosos casos clínicos:

“Freud tenía una paciente llamada Emma Eckstein, que sufría dolores de estómago e irregularidades menstruales. (…) Freud consideraba la masturbación como un agente patógeno y, aparentemente, coincidía con Fliess en que la masturbación causaba problemas menstruales. Además, Fliess defendía que las intervenciones quirúrgicas nasales podían eliminar la masturbación y, por lo tanto, los problemas que ésta causaba. Freud hizo venir a Viena a Fliess para que operara la nariz a Emma Eckstein”.

No sé cómo le quedaría la rinoplastia a esta pobre mujer, pero la historia sigue así:

“(…) la recuperación postoperatoria no fue bien. Eckstein sufrió dolores, hemorragias y supuraciones. Finalmente, Freud recurrió a un médico vienés que sacó de la nariz de Emma medio metro de gasa que Fliess, en su incompetencia, se había dejado dentro”.

Puestos en la piel de Emma, ¿a manos de quién desearíais confiar el tratamiento de vuestros dolores menstruales? ¿A Mary Baker Eddy? ¿O a sus contemporáneos Freud-Fliess?
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Algunos objetarán (y yo con ellos) que la ciencia ha evolucionado mucho desde el siglo XIX y que los médicos de hoy se merecen nuestra máxima confianza (aunque no sé si estaría yo muy tranquila en la sala de espera de cierta consulta de Leganés).

Pero, pensándolo bien, nuestras quimioterapias no son tan diferentes de los tratamientos heroicos de antaño, a menudo causando mayores sufrimientos que salvaciones. Algún día no tan lejano, tal vez los hijos de nuestros nietos lleguen a juzgarlas de aberración clínica, pero hoy por hoy ¿quién se atreve a apostar por otros remedios frente a un pronóstico mortal?

Al fin de cuentas, todo se reduce a una cuestión de fe. A nadie hace daño un rayo de esperanza y no hay que olvidar que los milagros realmente existen, ya sean cristianos o científicos.


(Escrito desde Dublín, Irlanda, el 07/03/2008)

martes, 26 de febrero de 2008

Nunca es tarde

Nos conocimos en el día de San Valentín, a punto de despegar de Manises. Él miraba por la ventanilla, mientras yo me esforzaba por no perder el hilo de los amores de Gabriel, en los tiempos del cólera.

Se me estaban cerrando los párpados. En parte, porque había trasnochado la víspera, y en parte porque siempre me duermo en situaciones estresantes, conflictivas o desapacibles. A pesar de las muchas millas que llevo ya voladas, que un pájaro de acero me catapulte cielo arriba todavía hoy me impone un cierto respeto. Mi cerebro escapista se estaba preparando para hibernar y al final no tuve más remedio que capitular.

Me desperté con un sobresalto, en cuanto el avión se arrojó a la pista y sus reactores se pusieron a tronar en mis oídos. Fue entonces cuando César me habló por primera vez:
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"¿Te da miedo volar?"

“Sí, un poco…”


Con la bravura y licencia que dan los años, me cogió de la mano: “No tengas miedo, piensa que el piloto también quiere volver a casa”. Sí, pero digo yo que también querrían volver a casa los que se estrellaron y que, por halagüeñas que sean las estadísticas, siempre tiene que haber uno que se caiga y porqué no éste…

Aprovechando nuestro ir y venir de manos, eché un furtivo vistazo a las líneas de su palma. Aunque no creo en quiromancias, tengo esta costumbre. Escudriño las líneas de la vida de aquellos que ya tienen asegurada su longevidad, con la esperanza de encontrar una que sea tan corta como la mía (mi teoría es que, en uno de estos viajes míos, voy a terminar espichándola en el avión, y hasta tengo pensado mi epitafio: “os lo dije”).

La raya que surcaba la mano de César no sólo era larga, sino doble. Pronto entendería el porqué, pues dos vidas tiene este gato.

El siete de febrero de 1972, contando con 36 años, César volvió a nacer. Aquel día había llegado con doce minutos de retraso para embarcar en el avión que salía de Manises para Ibiza. Allí le esperaba una reunión de trabajo a la que nunca llegó. Insistió, rogó, suplicó, y hasta se puso farruco, pero de nada le sirvió. Ese día estaba destinado a perder el avión.

De vuelta a casa, llamó a su clienta: “Margarita, te llamo para avisarte de que no me esperes”. Al otro lado del auricular, un estallido de llanto, entrecortado de risas y gritos histéricos. “Margarita, Margarita, cálmate, mujer, pero ¿qué te pasa?”.

Recomponiéndose: “César, ¿pero es que no te has enterado? Tu avión se ha estrellado y han muerto todos”.

No sé cómo hubiese reaccionado yo en su lugar, probablemente igual que él: volviendo al aeropuerto para besar a todas las empleadas de Iberia que le habían cortado el paso para subirse al avión y, de paso, a cualquier azafata que se terciase en su camino también.

César no ha desaprovechado esta segunda oportunidad que le regaló la vida. Todavía hoy, con 72 años cumplidos, sangre dulce y marcapasos, sabe disfrutar de ella como pocos.

Viaja con su "abejita Maya", un Citroën 2CV de 25 tacos, que rehabilitó hace unos años. Todos los meses, se van juntos de excursión para reunirse con amigos y otros “citroënófilos” de la asociación “Club Paraguas”. Una vez al año, ponen en marcha su GPS y su emisora de radio, y se echan a las carreteras internacionales.
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Estos dos llevan ya más horas de rodaje juntos que David Hasselhoff y su coche fantástico. El año pasado, en agosto, se fueron nada menos que al mismísimo Cabo Norte ("sin ninguna visita al taller”, me comentó César orgullosamente).

Este año tienen planeados dos viajes. Se van primero a Dunkerque y, después, a circunvalar la bota en un “Giro” de Italia.

Aún más ambicioso es su proyecto para el 2009, en el que conducirá desde París hasta Pekín, patrocinado por Citroën. La casa madre subvencionará todos los gastos: gasolina, peajes, hoteles, comida, y hasta el vuelo de regreso y repatriación de coches desde China. ¡Menudo viaje!
Qué pena que no he conseguido convencerle para bloguear, pues seguro que a muchos nos hubiese encantado seguir sus aventurillas.
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Para saber cómo le fueron sus viajes a César, tendréis que hacer como yo: iros a comer un arrocito en su restaurante, en la Malvarrosa de Valencia. Riquísimo.
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(Escrito desde Castellón de la Plana, España, el 26/02/08)

jueves, 21 de febrero de 2008

Historias de Amor

Por estas fechas en las que toca ponerse románticos y algo cursilones, me permito sacar a la luz un par de historias que tenía guardadas en el baúl de mis mejores recuerdos.

La primera va dedicada a mis padres, que el amor fulminó hace 39 años.

Conocí a Dana y Elk en Vietnam, de excursión por los arrozales de Tam Coc. Esta pareja de enamorados cuarentones enseguida despertó mi curiosidad por el aura de felicidad que desprendían. Se intercambiaban un sinfín de sonrisas cómplices, de miradas golosas, y de otros tantos táctiles gestos de ternura. Hubiese apostado lo que fuere a que estos dos estaban allí de luna de miel.

Afortunadamente, no tuve oportunidad de lucir mi lado ludópata. Al que sí pude dar rienda suelta fue a mi lado marujilla y narigón, que en cuanto se trata de amor, una es más indiscreta que la Gemio. Aprovechando que la parejita se sentó a nuestra mesa en el restaurante (los enamorados son siempre tan incautos), entre bocado y bocado, fui dejando caer mis preguntillas, con naturalidad, como quien no busca la cosa, y así, pasito a pasito, con sutiles maniobras, me los fui llevando al huerto…

“Hola, ¿de dónde sois? ¡Anda! De Suecia y de la República Checaaaa… Huy, qué bonito, qué suerte, ni falta hace que os diga lo mucho que nos gustó Praga, ¿a que sí, Juni?… Oye, ¿y cómo os habéis conocido?”

Vale, vale… Admito que ni fui tan sutil, ni di tantos rodeos. Fue un jaque mate en dos jugadas, pero sí es que incitar a dos tórtolos a que te hablen de su romance es como preguntarle al abuelo por batallitas, o al Juni por sus episodios favoritos de “Stargate SG-1”. Vamos, que es éxito seguro.

Sucedió en Praga, a la hora punta de un concurrido restaurante. A dos mesas de distancia, ajenas al trajín de platos, copas y cubiertos, dos miradas se buscaban mientras se esquivaban. Él le sonreía, ella se sonrojaba. Un estallido de risas irrumpió en el ruido de conversaciones, pero a ella se le había escapado la broma. Llevaba diez minutos perdida en el laberinto sin salida de su deseo.

Una voz masculina vino a rescatarla del ensueño: “Señorita, el caballero de aquella mesa desea ofrecerle esta copa”.

El caballero, Elk, era un veinteañero melenudo y mochilero, ojigarzo y desgreñado, delgado y más largo que una semana en ayunas. El sueco no le quitaba los ojos de encima a Dana. La guapa checa, llevándose la copa a los labios, le devolvió la mirada.

El magnetismo de sus ojos verdes tuvo la culpa de todo. Atraído sin remedio, Elk se levantó de su silla para dar los cuatro pasos más decisivos de su vida. Zancadas, más bien. Las que le costó cruzar la sala para plantarse de frente a la mujer de sus sueños. Primero le pidió permiso para sentarse a su lado y después, tras más de una hora de seducciones en un idioma prestado, se atrevió a pedirle… la mano.

Cualquiera de nosotras hubiese ladeado la cabeza hacia atrás, desviando fugazmente la mirada y atusándose el pelo, mientras se echaba a reír. Dana, simple y serenamente, dijo sí.

Un año más tarde, ya estaban casados y en su casa de Suecia. Nunca se han separado.

Mientras yo me quedaba boquiabierta, sin tomar palabra ni bocado, Dana se puso a buscar algo en la cartera. Sacó una fotografía, la de su segundo amor y única hija.

Me contó la alegría que supuso la llegada de Yasmin. Elk había pasado aquella mañana dando más vueltas que las aspas de un molino, fumando cigarrillo tras cigarrillo, llenando la casa de ansiedad y humo. Dana se mordía compulsivamente las uñas cuando sonó el timbre de la puerta. Era la cigüeña, venida desde Corea para una entrega muy esperada.

Desde el primer segundo, apenas sintió el leve y cálido peso de la cría en sus brazos, Dana supo que era madre. Veinte años se han cumplido ya, de esa cadena de amor perpetua.
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Quiero dedicar mi segunda historia, por encontrarse en las antípodas de la primera, a mis amigos César y Piluca, que se casaron tras conocerse de toda una vida.

Pierre recuerda con prístina nitidez la primera vez que vio a su mujer. Se conocieron en un hospital, en el sur de Francia. Desde luego, el suyo no fue amor a primera vista. Tampoco puede decirse que su encuentro les dejase una marcada y memorable impresión. Claire, de hecho, ni siquiera recuerda ese día. Y a Pierre, ella más bien le pareció poca cosa.

Sus padres le habían llevado a la maternidad de Nimes, para conocer a la hija recién nacida de una pareja de amigos. Ésta fue la primera visita de una serie casi infinita de encuentros. Prácticamente, Pierre y Claire se hicieron juntos.

Construyeron castillos de arena, jugaron a papá y mamá, a médico y enfermera, a “seños” y alumnos, se embadurnaron mutuamente de chocolate, en ocasiones, se pelearon y se tiraron los trastos (de hecho, creo que todavía hoy se dedican a estas mismas prácticas).

Con el transcurrir de los años, Claire se hizo moza, curvilínea y muy guapa. Esos cambios no pasaron inadvertidos por Pierre, que empezó a observarla con renovado interés. Los juegos de niños pronto cedieron paso al de mayores.

No fueron sólo la belleza y antigua amistad de Claire los que irresistiblemente atrajeron a Pierre. También habían desarrollado una infinidad de afinidades. A ambos les encantaba la naturaleza, los grandes espacios al aire libre y la sana simplicidad de la vida rural. Ambos habían elegido cursar los mismos estudios, de magisterio. Ambos anhelaban un mismo estilo de vida. Ambos soñaban con la idea de expatriarse, de descubrir otros mundos.

Casi al mismo tiempo, empezaron a dar clases. El mismo año y, por separado, solicitaron un traslado para trabajar fuera de la Francia continental. A ambos les fue concedida su solicitud, siendo destinados a la Guyana francesa. Sus puestos no estaban en la misma escuela, ni en el mismo distrito, ni en la misma ciudad, ni siquiera en la misma provincia.

El uno se fue al sur y el otro, al norte. Vivieron varios años de esta manera, hasta que la separación física pudo con ellos y se convirtió en ruptura sentimental.

Pasaron los meses, un año entero sin verse. Nunca habían estado alejados durante tanto tiempo. Se escribieron y decidieron que era hora de volver a encontrarse. Desde entonces, nunca más han vuelto a separarse.

Nueve meses más tarde, se casaron. Y tras otros nueve meses más, nació su primer hijo, Ismael. Tres años después, llegó el segundo, Christo. Cuando yo me crucé con ellos, en Luang Prabang (Laos), Claire me regaló la primicia de que estaba embarazada. Todavía no habían querido decir nada en casa, para no preocupar a unos abuelos que ya padecían por la seguridad y salud de sus nietos, en manos de unos padres, al juzgar de aquéllos, inconscientes.

A mí, personalmente, me llamó mucho la atención ver una familia viajando por Asia, especialmente dada la corta edad de los churumbeles (unos cinco y dos años, si no mal recuerdo). Enseguida simpaticé con ellos y les pregunté qué tal llevaban lo de viajar con sus peques.

Me comentaron que la experiencia estaba resultando increíble y que tanto los niños como ellos estaban disfrutando lo que no estaba escrito. Los asiáticos se vuelven locos con los críos, especialmente si son blancos, pues no están muy acostumbrados a verlos. Así que prácticamente no podían dar un paso sin encontrarse a alguna señora con auténtica devoción por pasarse horas entreteniendo a los nenes (por supuesto, ellos, los padres, estaban más que encantados). Claire me confesó que casi se sentía incómoda cuando salía a dar un paseo sola, pues notaba que el trato con los locales no era el mismo sin sus hijos, que la interacción pasaba automáticamente a un plano más comercial y menos genuino.

También me dijeron que el “truco” para viajar con niños consiste en tomarse las cosas con calma, buscando un ritmo que no rompa con su rutina. Procurar respetar siempre los mismos horarios para comer y dormir, limitar las excursiones, buscar oportunidades para el descanso y también para el juego.

Pierre y Claire se habían tomado unos cinco meses de excedencia para dar una pequeña vuelta por el sudeste asiático. Seguían un recorrido muy similar al mío con Junior, aunque en sentido contrario, pues venían de Chiang Mai y se dirigían a Vietnam (pobres), mientras nosotros veníamos de Hanoi y volvíamos a Tailandia. Por cierto, ellos también habían estado en la maravillosa isla de Koh Lipe, donde por algún misterioso hechizo que Ismael y Christo aún no han terminado de comprender, Claire se quedó embarazada (vaya, pues a mí eso no me ha pasado, y eso que yo ya he estado dos veces en la isla).

Podéis ver las fotos del viaje de Pierre y Claire en su blog. Hace poco, recibí noticias suyas informándome del nacimiento de su pequeña Éloïne, que vio la luz en su casa de Arrout, el miércoles 21 de noviembre del 2007, a las 9:22 de la mañana.
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No acabaré diciendo que ambas parejas comieron perdices y fueron para siempre felices, pues la vida no es un cuento y nunca puede predecirse cómo irá a terminar una historia que aún se está escribiendo.

Pero, si bien dejo abierto el final de mis historias, sí que me arriesgaré a sacarles su moraleja. Y es que, en amor, no hay más regla de oro que la de no existir ninguna regla.

¿Quién se atreve a afirmar que los flechazos nunca funcionan? ¿O que las segundas partes nunca son buenas? ¿O que después de tener hijos, no se puede viajar más allá de Mora de Rubielos o de Rubielos de Mora?

Que tengáis un feliz día de San Valentín y ¡que los solitarios se enamoren!


(Escrito desde Castellón de la Plana, España, el 14/02/08: rescatado para "Soliloquios", el 21/02/08)

La factoría de los sueños

En estas fechas de trajín y festejos, en las que todos andamos algo frenéticos, haciendo y deshaciendo planes, despidiendo el año viejo y acogiendo el nuevo con resaca de ilusiones, tengo la suerte de poder tomarme un respiro. Es hora de la siesta en Luang Prabang. La vida fluye como un río tranquilo, con tal sosiego que hasta el tiempo parece detenerse.

Aprovecho la calma para acercarme a vosotros y contaros un sueño. No el mío, sino el de Sabriye.

Sabriye Tenberken nació en Alemania el 19 de septiembre de 1970. Una enfermedad degenerativa de la retícula fue mermando su vista gradualmente, hasta dejarla en la oscuridad total con tan sólo doce años.

Mientras tú y yo entrábamos en la pubertad afrontando crisis existenciales tales como un desastroso corte de pelo, una inoportuna erupción de espinillas y ese primer amor platónico para nada correspondido, Sabriye aprendía a mirar con la yema de sus dedos, a comer a tientas, a visualizar con la memoria, a desplazarse a oscuras, a ubicarse dentro de un espacio sin referencias visuales.

Desde muy joven, su vida ha consistido en la superación de obstáculos. Físicos, obviamente, pero también psicológicos y sociales. Cuando, tras licenciarse en la carrera de estudios asiáticos, solicitó una beca para realizar un proyecto en el extranjero, se topó con un muro. Acudió a varias instituciones, pero en todas ellas la respuesta fue unánime: “No podemos enviar a una persona ciega sobre el terreno, ¿porqué no se conforma usted con trabajar en su proyecto desde Alemania, atendiendo llamadas telefónicas, por ejemplo?”.

¿Conformarse? Ella nunca lo había hecho. Cuando se matriculó en la carrera, eligió estudiar chino, mongol y tibetano, pese a la oposición del profesorado. Le desaconsejaron fuertemente el tomar esta última asignatura, no sólo por la extrema complejidad del idioma tibetano, sino sobre todo por la total ausencia de material pedagógico para no videntes en este campo. Sabriye no cejó ante este primer problema. Había decidido aprender tibetano y su determinación le llevó a crear, partiendo de cero, un código de escritura braille aplicado a este idioma. Para apoyar su estudio, trabajó en el diseño de un programa que permitiese la impresión de textos tibetanos en braille. También produjo el primer diccionario braille alemán-tibetano.

El sueño de Sabriye consistía en viajar al Tíbet y crear allí una escuela en la que enseñar su sistema braille. Todos la escuchaban con interés, pero nadie se atrevía a avalar su proyecto. Después de recibir innumerables negativas, Sabriye comprendió que su sueño estaba completa y exclusivamente en sus manos, que no debía esperar el apoyo de nadie para realizarlo. En 1996, preparó su equipaje y, sola, se echó a volar.

Lhasa, para cualquier viajero, es una de esas ciudades que te ponen a prueba en más de un sentido: altitud, idioma, caos callejero, contraste cultural, corrupción… Para una persona ciega, es además un nido de trampas, con aceras plagadas de agujeros, desniveles, porquería y obstáculos. Todos los días, Sabriye volvía a su habitación con el bastón cubierto de mierda. Pero lo peor no era esto, sino los insultos que recibía en la calle: “¡Eh, mirad a esa blanca estúpida y torpe! ¡Qué risa! ¡A ver cómo se la pega!”.

En cualquier lugar del mundo, sufrir una discapacidad, ya sea física o mental, es una prueba difícil. En el Tíbet, es aún peor. Debido a una concepción mal entendida del karma, despojada de la primordial virtud budista, que es la compasión, el ser ciego, tetrapléjico o tullido es un castigo merecido. Estás en esta vida para saldar una deuda, para limpiar un karma sucio, has de pagar por el mal que has perpetrado en otras vidas, y nadie se detiene a ayudarte.

Para colmo de males, la proporción de ciegos en el Tíbet es diez veces superior a la media en occidente. Debido a las austeras condiciones de vida, a la dureza del sol, al viento, a la suciedad y al uso de carbón para calentarse, muchos niños pierden totalmente la vista a una edad temprana.

Sabriye, que iba recorriendo pueblos y aldeas a caballo, en busca de niños ciegos para su escuela, se encontró con situaciones auténticamente desesperadas.

Un niño había permanecido atado a su cama, para que no se hiciese daño, con lo que no sólo no había aprendido a desplazarse autónomamente, sino que tampoco sabía caminar.

Una niña de cuatro años sufría abusos físicos por parte de su padre, mientras su madre la insultaba llamándola “bruja”.

Otro niño había sido vendido por sus padres a una familia de Lhasa, con el fin de explotarlo para la mendicidad. Cuando no traía suficiente dinero a casa, era brutalmente castigado, a golpes y latigazos.

La primera clase de Sabriye contaba con tan sólo seis alumnos. Usaban un aula prestada, fuera de las horas de colegio. Más adelante, logró comprar un terreno para edificar una escuela permanente.

La construcción de esa primera escuela fue una continua pesadilla, topándose con trabas administrativas, una orden de expulsión por parte del gobierno chino, un pleito sobre la propiedad del terreno comprado, oposición de vecinos, corrupción y robo de fondos. Una importante donación que le había sido enviada desde Alemania fue a terminar en los bolsillos de una organización tibetana sin escrúpulos.

En más de una ocasión, Sabriye se sintió a punto de tirar la toalla. Afortunadamente, en esos momentos, contó con el apoyo de su pareja, Paul Kronenberg, un atractivo viajero holandés que conoció en Lhasa, y que se unió definitivamente a ella en 1998.

Durante los tres primeros años de su convivencia, Sabriye y Paul compartieron una minúscula e insalubre habitación, en la que apenas tenían espacio para moverse alrededor de la cama. Aquello, más que habitación, era una celda infestada de ratas, pero no podían permitirse nada mejor.

Hoy en día, se acuerdan de esos sacrificios y tribulaciones con orgullo. Fue un camino largo y angosto, pero mereció la pena. La satisfacción de ver la felicidad impresa en el rostro de sus niños, a los que se negaba incluso el derecho de existencia, no tiene precio.

Una mañana, llegando al colegio, se encuentran a un pequeño sentado solo en el patio, mirando hacia el sol, con una sonrisa de oreja a oreja. Se acercan a preguntarle porqué se le ve tan contento. ¿Imagináis cuál fue su respuesta?

“Soy feliz porque soy ciego”.

Para este niño, la escuela supuso una transformación radical. Aprendió a leer, a escribir, geografía, tibetano, chino e inglés. Incluso aprendió a usar ordenadores. Nadie en su pueblo sabe hablar inglés. Nadie ha visto jamás un ordenador. De no haber sido ciego, él tampoco hubiese tenido acceso a todas estas cosas.

La niña “bruja” pasó dos años enteros en la escuela, sin volver a su pueblo. Cumplidos los seis años, quiso visitar a sus padres. Ella sola se fue a su casa, volviendo al cole una semana más tarde, de la mano de un padre y una madre orgullosos de su pequeña.

El niño vendido escapó de la familia que lo tiranizaba y también de una vida destinada a la mendicidad. Gracias a Sabriye, aprendió el oficio de masajista y es ahora empresario.

En la escuela, los niños son estimulados a soñar, a deshacerse de sus trabas, complejos y baja autoestima. Una de las actividades a la que se les invita a jugar es la “factoría de los sueños”. En este juego los niños deben pensar qué quieren ser de mayores. La única regla es no darse límites, no pensar en lo que pueden o no pueden hacer, sino en lo que realmente quieren.

Uno de los primeros sueños de la factoría fue el de este niño ciego que, poniéndose en pie, proclamó a gritos: “YO, de mayor, ¡quiero ser taxista!”. Su sueño fue respetado, nadie intentó disuadirlo o convencerlo de que eso era imposible. Dos años más tarde, le preguntaron si todavía quería ser taxista. El niño contestó que no, que había cambiado de idea: ya no quería ser taxista, ¡sino empresario de una compañía de taxis! ¿Quién se atreve a decir que los ciegos no tienen visión?

Al final, ni taxista, ni dueño de una empresa de taxis. Siendo mayor, decidió que su vocación no estaba en los automóviles, sino en la producción quesera. Fue el primer tibetano con pasaporte, viajando a los Países Bajos para aprender el oficio de quesero. De vuelta a su país, es ahora responsable de transmitir su conocimiento a aprendices ciegos, en la granja orgánica de Shigatse (otro sueño cumplido de Paul y Sabriye).

Ahora mismo, Sabriye y Paul están trabajando en la construcción de una nueva escuela, cerca de Trivandrum, la capital de Kerala, en el sur de la India. Junto a un lago y rodeada de cocoteros, esta escuela especial tiene por aspiración convertirse en un auténtico caldo de cultivo para sueños.


El “Instituto Internacional para Empresarios Sociales” abrirá sus puertas en enero del 2009, acogiendo alumnos de todo el mundo, con una motivación común, que es darlo todo por la realización de sus sueños, y bajo una sola condición: tener a la sociedad por beneficiaria.

La mayoría de estos alumnos tendrán otro punto común: ser total o parcialmente ciegos. En esta escuela, ser ciego no es considerado una discapacidad, sino un valor añadido. Los ciegos, por la fuerza de sus circunstancias, han tenido que desarrollar valor, perseverancia, autoconfianza, espíritu de superación, destreza para resolver problemas y superar obstáculos. Todas las capacidades necesarias para realizar sus sueños.

Conocer a Sabriye y Paul fue, sin lugar a dudas, uno de los momentos más emocionantes de mi viaje. Su testimonio es para mí un tesoro, que he querido compartir con vosotros para que os pueda servir de inspiración.


Mi deseo para todos, en el umbral de este nuevo año, es que demos crédito a nuestras ilusiones y seamos capaces de apostar por nuestros sueños.

No permitamos que nadie, ni nada, se interponga en nuestro camino. Seamos conscientes de que muchas veces somos nosotros mismos los primeros en ponernos la zancadilla, escondiendo nuestros miedos e incertidumbres tras el refugio de la excusa, de trabas reales o imaginarias.

No escuchemos esa pequeña voz que, sin duda con afán de protegernos, nos recomienda que no intentemos ningún cambio, que no probemos nada nuevo, que tal o tal idea es una locura o disparate, que pensar de manera diferente es peligroso, que dejarlo todo es suicida, que lo que anhelamos es imposible, que ya es demasiado tarde, que eso es para otros, para los más jóvenes, más fuertes, más valientes o menos condicionados.

Que no tengamos que ser ciegos para abrir los ojos.

Nota: Para saber más acerca de los proyectos sociales de Paul y Sabriye, podéis consultar la página web de su fundación – www.braillewithoutborders.org


(Escrito desde Luang Prabang, Laos, 31/12/07: rescatado para "Soliloquios", el 21/02/08)